El domingo pasado decidí bajar un rato al Paseo de Riazor. La noche estaba plácida, invitaba a un paseo nocturno. Cuando llegué a la Plaza de Portugal, la vi: una superluna anaranjada, "engaiolante", como decimos en gallego. Bajé hasta el arenal, fuí hasta las rocas que están enfrente del Playa Club; ella estaba más baja que de costumbre, encima de la iglesia de los Salesianos, al fondo, junto al Matadero o Berbiriana. La calma de este verano último de octubre invitaba a una paz que ahora no hay en el mundo...
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Vodas de ouro
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